Hasta el último hombre, una fe a prueba de bombas

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Oscar a la mejor peluquería ya.

Que Mel Gibson es un tipo peculiar lo sabemos todos. Y que dirige mejor que actúa también, aunque os flipen Arma Letal y Mad Max, las sagas de los 80 y 90 que le hicieron famoso. Diez años después de su última realización -y tras un largo etcétera de polémicas-, reaparece con la heroica y trascendente historia de Desmond Doss, el primer objetor de conciencia de los EE.UU. en recibir la Medalla de Honor del Congreso. Méritos hizo el amigo.

Mucho se ha hablado de la absolución que el director por fin ha recibido de Hollywood -llenando tantísimos artículos en internet- y eso no le ha hecho un favor a Andrew Garfield. El californiano con claras raíces británicas ha aparcado la faceta blandengue de Peter Parker para interpretar personajes verdaderamente sustanciales y, sobre todo, espirituales. Su Padre Rodrigues en Silencio Desmond Doss en Hasta el último hombre, su mejor papel hasta la fecha, dan fe de ello.

La familia, la religión y la patria son el ABC de esta historia tan frecuente en la filmografía del director. Y no abandona tampoco los elementos propios del cine bélico, como lo son el honor o el compañerismo. La primera parte discurre a través de la familia Doss, marcada por los horrores de la Gran Guerra y el alistamiento de ambos hijos para combatir en la Segunda. Las fuertes convicciones del menor, Desmond, no le dejan otra opción que servir a su patria aun con la firme decisión de no usar la violencia. Normal que el Sargento Howell -interpretado por un convincente Vince Vaughn– no se mordiera la lengua al conocer a su nuevo fichaje.

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Parece que solo Vince Vaughn entiende a Mel Gibson. O tampoco.

Finalmente, llega la parte más visceral de la película -por la que le ha caído alguna que otra crítica-, que aporta la verosimilitud necesaria a la historia. En esos compases acompañamos al pelotón en el asalto a Okinawa, donde nuestra confusión respecto al papel de Doss en la batalla se torna en elogios dada la impresionante gesta que realiza. De haberse sumado a la compañía del capitán John H. Miller, mucha chicha le habría faltado a Steven Spielberg para lanzarse a rodar Salvar al soldado Ryan.

Si esta película se hubiera estrenado diez o quince años antes, seguramente habría ocupado más titulares y obtenido mayor reconocimiento entre los académicos. Estoy convencido. Sin embargo, esa no es razón para desmerecerla, puesto que es un ejercicio de cinematografía y dirección de actores admirable, de ahí que esté nominada a Mejor Película, Director y Actor principal. Cada personaje aporta un valor esencial al desarrollo del metraje y de sus personajes -tanto del pelotón como del protagonista- y la fotografía de Simon Duggan es una gozada. Ni falta ni sobra nada.

No puedo evitar dedicar una mención aparte a quien haya decidido que Hacksaw Ridge se llamara Hasta el último hombre en España -pocas traducciones son tan acertadas como esta- y a quien haya hecho el póster honesto de la película. Touché.

 

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