Begin again

El verano es tiempo de asueto, dispersión y divertimento lo que tiene su fiel reflejo en la temporada cinematográfica. Acción y grandes explosiones inundan las pantallas de blockbusters. Sin embargo, también hay espacio para disfrutar con una sonrisa y mucha ternura de una historia íntima, como un disco de música folk.

Begin again llegó a nuestras pantallas para llenar ese hueco y posiblemente se convierta en la sorpresa más agradable de este estío, recuperando a la frágil, en este caso también dulce, Keira Knightley y confirmando el buen momento de un Mark Ruffalo en su madurez interpretativa, al margen de masas verdes.

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Tras un desengaño amoroso, Gretta Keira Knightley– conoce en un bar a Dan, un productor y manager musical –Mark Ruffalo– que deambula perdido en la vida en busca de nuevo comienzo profesional y personal. Ella, escéptica ante cualquier oferta, acaba aceptando el gran reto planteado por su Higgins particular: la grabación de un disco en directo en calles y azoteas de Nueva York que significará algo más que un Volver a empezar.

Por supuesto, el relato se verá acompañado de una banda sonora llena de estupendos cortes que nos van describiendo sentimientos, sensaciones y recuerdos con la excusa narrativa de la creación del disco al margen de la industria, siendo otro de los ejes que vertebran esta historia la visión un tanto idealista e ingenua del Ser y Deber ser del negocio cuyos créditos finales subrayan ese afán de Pepito Grillo capriano de la cinta.

La original forma de presentar y desarrollar esta comedia romántica sigue la estela de la nueva ola indie, no en producción sino en estilo e interpretación de los géneros, que da un soplo de aire fresco al género. Sin saber si estamos ante una rom-com que utiliza la música como hilo argumental o un musical romántico con planteamiento actualizado, Begin again consigue vendernos un producto ya conocido con una nota diferente de color. O, más bien, deberíamos decir de música.

Así, aunque la película no acabe de salir del estereotipo en la composición de personajes y situaciones –llegando a alcanzar la caricatura en la recreación de la rock star de un desdibujado Adam Levine con barba ¿postiza?– John Carney, director de la aclamada Once, vuelve a conseguir aunar música y romanticismo en su particular intento por renovar estos dos géneros, a través de su mezcla que, sálvese el oxímoron argumental, no hace otra cosa que recuperar herramientas ya utilizadas, como el rodaje en exteriores o los números musicales íntimos al margen de los lugares comunes propios del género sentimental.

Todo lo anterior no puede hacernos olvidar el gran mérito de esta suerte de Pigmalion: la creación de momentos de auténtica melomanía y amor a la ciudad de los rascacielos –a destacar la presentación de los protagonistas en el pub, el paseo que se dan a dos clavijas por las calles de Nueva York, la interpretación de los instrumentos sin músicos o los deliciosos cortes de grabación del disco– que, en definitiva, arrojan un rayo de Sol, más allá de los focos de la popularidad.

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