Obituario: Philip Seymour Hoffman. Good bye, The Master

Él se fue demasiado pronto y yo, seguramente, llegue tarde en mi homenaje a la persona que se nos fue ayer. Lo hizo por sorpresa tal que me pilló volando de regreso a casa. Philip Seymour Hoffman fue encontrado muerto en un apartamento de Nueva York con una jeringuilla en el brazo. Es lo de menos. O es lo de más. Asusta pensar que su muerte ha terminado tan íntimamente ligada a la vida de uno de sus mejores personajes en la ficción. La de aquel hombre perdido en su propia miseria que le hace capaz de robar y provocar la muerte de su propia madre para mantener la mentira en la que vive. Aquél que se coloca en un aséptico apartamento de un dealer mirando a través de las vidrieras hacia su vacío existencial. Y se deja llevar. Ese personaje de la impresionante y espeluznante Antes que el diablo sepa que hayas muerto, de Sidney Lumet, ha parecido finalmente demasiado real.

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Y es que parece que Seymour Hoffman insuflaba tanto de sí en los personajes que interpretaba que nunca le identificábamos o asimilábamos su imagen a un personaje. Él era actor. Cada personaje era una nueva vida. Y él así lo entendía. Le recuerdo por primera vez como el  técnico ayudante de Boogie Nights, enamorado confeso pero retraído del semental Mark Wahlberg. Antes y después ya participó y dejó su sello y su gran personalidad en decenas de personajes en películas de Todd Sollonz, los Coen, Anthony Minguella, David Mamet, y muchos más.

Bennet Miller consiguió para él el papel que le supuso el Oscar, el de Capote, lo que le hizo aparecer en grandes producciones de estudio y abandonar la marginalidad del llamado actor de carácter o secundario incorporando protagonistas a su carrera. Sin embargo, es Paul Thomas Anderson su mejor y más importante colaborador participando en todos sus proyectos, desde Hard Eight side pasando por la citada Boogie Nights, hasta la impresionante The Master. Allí demostró y desplegó toda su humanidad, salvaje y reflexiva, para recrear al mesías de una religión que son todas.

Su mirada pequeña, minúscula, escondida tras su flequillo pelirrojo, su sonrisa ceremoniosa, tierna o helada según la ocasión, y su voz grave hasta envolver toda la sala de proyección impregnaban sus apariciones de cierto halo de misterio. Ése que le mantenía actor. Que le permitía impregnar verdad a todo lo que hacía. Curioso que a pesar de toda esa verdad todavía no me creo su muerte. El peor papel de su carrera.

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