Anatomía de un instante: Cowboy de medianoche

John Schlesinger siempre dijo que hizo Cowboy de medianoche en el momento y en el lugar adecuado. No le faltaba razón porque en toda su carrera posterior pudo alcanzar las cotas de calidad y popularidad que logró con aquella historia de dos buscavidas que intentan sobrevivir en la ciudad de Nueva York. Una película que te lleva hasta la profunda empatía con dos supervivientes, perdedores cuyo destino no va unido al tan manido sueño americano sino a una vida desgraciada cuya único anhelo es alcanzar el mar, metáfora de la única salida más allá de la vida que les ha tocado malvivir. Así da inicio su viaje…

Pantalla en blanco. Ruido de batalla como sólo en el salvaje Oeste puede oírse. Sin embargo, nada de eso hay. La cámara abre plano hasta que aparece un panel de los que se inundan de publicidad sin que nada cubre el espacio destinado a ello y unos caballos sin que nadie los monte. A su alrededor: la nada. Un parque infantil abandonado y un paisaje tan desértico como la gente que lo habita. El plano se sigue abriendo y aparece en la parte inferior de la pantalla un restaurante-motel de carretera de la América más profunda mientras una voz canta una de esas tonadillas country a capela.

cowboy de medianoche

De repente, la escena cambia de escenario y sitúa la voz en un plano detalle de un pie sobre un cochambroso plato de ducha. La voz continúa con la canción a la vez que la pastilla de jabón cae sobre el plato. La cámara asciende hasta el primer plano de la voz que no es otra que la de Jon Voight que continúa feliz su ducha. La siguiente imagen es el torso y la cara de Jon Voight en un plano indirecto frente al espejo en su proceso de adecentarse que se intercala con una pregunta “Where´s that Joe Buck?”, primero sin rostro, y luego con varios anónimos en una cocina mugrienta, tras montañas de vajillas, e intercalados con planos del propio Buck sonriente mientras se viste con su sombrero de cowboy, su camisa de rodeo, sus pantalones camel, sus botas estrelladas y su chaqueta de flecos. Y él también se pregunta “Where´s that Joe Buck?”. No está. Se está marchando y no será él quien lave esos platos porque su destino es otro. Su destino está más allá de ese fregadero. Que nadie se atreva a detenerle. Así lo advierte cuando se enciende un cigarro y de nuevo se gira y se refleja en el espejo. Sonríe. Y una música comienza a sonar… Así se presenta un hombre sin pasado cuyo futuro todavía tiene mucho que escribir, o eso piensa él.

Sus botas descienden los tres peldaños que separan su habitación de la calle, la cámara se abre a un plano general mientras Joe y su maleta de piel de vaca, su rostro, su sonrisa, su paso y su puño firme se alejan camino de la gran ciudad. Finalmente, la cámara que le sigue se detiene estática junto a un banco y deja marchar al vaquero hacia ese sueño al que todo americano aspira pero que casi nadie logra alcanzar.

Y por encima de todo lo anterior, una canción que sobrevuela no sólo este comienzo sino el resto de la película. Desde los paseos rodeados de gentío en Nueva York a ese último viaje camino del mar. Everybody´s talkin, de Harry Nilsson

Post dedicado a John Schlesinger, que nació en Londres un 15 de febrero de 1926 y murió en Los Angeles un 25 de julio de hace ya una década.

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