Behind the candelabra

Steven Soderbergh es uno de esos directores capaces de llevar a cabo su trabajo en todo tipo de género y situación y, además, dejar su impronta en cada uno de ellos. Pocos en la actualidad pueden decir lo mismo. Pese a eso, en los últimos años parece aburrido de su profesión y cada vez que finaliza un rodaje amenaza con la jubilación. Mientras tanto, acumula proyecto tras proyecto sin descanso – una o dos películas estrenadas al año – intentando dejar un bonito cadáver fílmico. A principios de este 2013 ya nos presentó su penúltimo trabajo como director, un thriller entorno al mundo de los psicofármacos titulado Side effects. En breve, aunque sin fecha cierta de estreno en España, llegará a nuestras pantallas de cine Behind the Candelabra.

Producido y estrenado el pasado mes de mayo en la afamada cadena de pago por visión HBO, el film de Soderbergh se encuadra en el género de las biopic. En esta ocasión, narra un fragmento de la vida de Wladziu Valentino Liberace, pianista estrella de la televisión y personaje archiconocido en la sociedad americana -cuya existencia reconozco desconocía hasta las primeras noticias sobre el rodaje de la película- a través de una de sus parejas sentimentales, Scott Thorston, que le sirvió al mismo tiempo de secretario personal y chófer.

Soderbergh pretende acercarnos de este modo la personalidad arrolladora de un artista genial o, al menos, autodenominado como tal, y aplica el bisturí como le gusta al director de Traffic, mientras levanta capas de la piel de los personajes a los que pretende diseccionar.

En una primera aproximación bien podríamos estar ante una comedia paródica. Al menos, Soderbergh y el guionista Richard Lagravenese parece que quieran adentrarnos de manera burlona en el mundo del extravagante artista de los trajes luminosos y los anillos excesivos. No es casualidad. Me informo, y según las crónicas, Liberace era objeto de mofa por sus contemporáneos. Esa es la primera reacción del público que responde con curiosidad malsana y divertida sorpresa cuando asiste perplejo a los primeros gestos y palabras del actor que da vida a Liberace de forma pluscuamperfecta. No sé si Michael Douglas podrá optar al Oscar, al Emmy o al Vellocino de oro, pero es evidente que su actuación es seria candidata a todos los premios al conseguir hacernos olvidar al icono testosterónico en el mismo momento en que enseña su teclado dental de detergente.

La segunda visión es la del admirador del artista en el escenario, el que le observa boquiabierto desde la platea o ante la televisión. Esa otra mirada, la del embelesado Scott Thorston es, sin embargo, la que da inicio al relato entorno a Liberace –  siempre en torno a él -, a través del gesto más reprimido del siempre eficaz y en muchas ocasiones brillante Matt Damon. En esta ocasión Damon ha optado por la brillantez de un trabajo que quizás acabe ensombrecido por las luces de Douglas pero que atrae, empatiza y llega tanto o más que el primero.

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A partir de esa primera mirada los autores pretenden, tal y como indica el mismo título, ir más allá de la mirada curiosa, burlona o devota del gran público. Es ahí cuando podemos observar los recovecos y miserias de unas personas atrapadas en la encrucijada del entorno que les rodea y de una relación entre dos hombres que se quieren y que se necesitan -cada uno por razones y de maneras distintas- que se hieren, se distancian y se reprochan, pero que también se perdonan.

En el transcurso del viaje, Soderbergh nos demuestra de nuevo su talento como director. Es evidente que Behind the candelabra es una película de actores pero la mano del director de Erin Brockovich se percibe en cada plano, en la paleta de colores tan identificada con su obra, en la familiaridad de la puesta en escena de los momentos más íntimos de los personajes y, por supuesto, en su gran dirección de los intérpretes tan repetida durante su carrera: Spader, Gallagher, MacDowell, Roberts, Douglas, Del Toro, Zeta Jones, Damon, Clooney, Lopez. Todos ellos han ofrecido algunos de sus mejores papeles bajo sus órdenes. Por algo será.

Así, en el epílogo, hemos pasado de la chanza y la lejanía de quien se burla o admira a unos extraños al respeto y cariño. Nos hemos acercado tanto a los personajes que les hemos hecho nuestros, entendiendo sus mundos y perdonando sus contradicciones porque nadie está a salvo de cadenas. Ni siquiera las de uno mismo.

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