El gran Gatsby: Crónica de una decepción anunciada

Cuando recibes tantas informaciones negativas alrededor de una película no puedes por más que interiorizar la ola crítica y presentarte en la butaca del cine con ciertos prejuicios. Cuando dicha película se trata de la adaptación de una novela capital del siglo XX como El Gran Gatsby esos recelos se multiplican todavía más. Si además eres uno de esos aficionados puristas que cree que la novela siempre será mejor que su adaptación cinematográfica, evidentemente la anunciada decepción llegará tarde o temprano. Todo esto es lo que le ha ocurrido a la adaptación de la novela de F. Scott Fitzgerald del australiano Baz Luhrmann.

Luhrmann ha sido siempre un amante del gran espectáculo, de la puesta en escena y del exhibicionismo visual. Aficionado también a mezclar lo antiguo y lo moderno ha intentado acercar al público actual historias clásicas. Así lo ha venido demostrando en anteriores películas como Romeo y Julieta, Moulin Rouge o Australia. Una estética reconocible a la que suma a su nueva propuesta la realización en 3D para dar mayor grandilocuencia.

Además, El Gran Gatsby cuenta con un elenco que aporta efectividad en las interpretaciones. Tanto Leonardo DiCaprio, que parece hecho para los papeles de torturados, como la ecléctica Carey Mulligan firman sendas actuaciones creíbles, reconociéndose en los personajes que interpretan. Mientras, por el otro lado del cuarteto Joel Edgerton y Tobey Maguire, aunque mejorables, no desentonan en sus roles de Tom Buchanan y Nick Carraway. Todo pretende sumar al propósito de completar una historia que por sí sola ya es atrayente.

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Carey Mulligan y Leo DiCaprio en una escena de El Gran Gatsby

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones y de las comentadas interpretaciones, ninguna de las contribuciones de Luhrmann aporta nada nuevo a la novela en cuanto a lo ético. A veces, la citada estética incluso resta. Su gusto por subrayar en muchos momentos su autoría, su excesiva preocupación por el espectáculo, desatiende un tanto los matices de la historia. Vigoroso en los brochazos, ha intentado pintar El Gran Gatsby como si fuera un Pollock cuando quizás debió poner más el acento en los detalles, como si se tratara de un lienzo que debiera haber sido pintado al puntillismo. 

El Gran Gatsby de Baz Luhrmann no es por tanto la adaptación cinematográfica definitiva. Ni siquiera —para los que vemos el cine como una expresión independiente de la original literaria— es una versión redonda de la historia que nos quiere contar. Le faltan los matices comentados. En este caso, el bosque no deja ver los árboles. No obstante, no se puede decir que la película de Luhrmann sea un insulto a su primigenio autor ni un horror de película. Es una bonita fiesta llena de fuegos de artificio. Esas fiestas de los locos años 20. Esas fiestas que a su término dejaban confeti y serpentinas que recogían sirvientes. Y nada más. Bonita pero algo vacía. Como la vida de Jay Gatsby.

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