Henry Fonda, retrato de un ¿malnacido?

Henry Fonda siempre ha sido considerado uno de esos actores cuyos personajes en la ficción fueron ejemplos de superación, adalides de la ética y de la justicia o representativos del héroe por antonomasia, incluido algún presidente de la nación. Papeles como los de las Uvas de la ira, Pasión de los fuertes o 12 hombres sin piedad reforzaron su imagen de icono de la sociedad americana. Sin embargo, no era oro todo lo que lucía y a lo largo de su carrera cayó en varias ocasiones en los 7 pecados capitales… ¿Era Henry Fonda en realidad un malnacido? Lo vemos:

Sólo se vive una vez (1937). La pereza. La sociedad es la culpable parece ser la excusa de Henry Fonda para tomar la calle de en medio y convertir su vida en asesinatos arrastrando con él a su compañera y a su hijo. No, Henry, aunque la película de Fritz Lang es una obra maestra de denuncia social, no cuela.

Henry Fonda en La venganza de Frank James

Henry Fonda en La venganza de Frank James

Tierra de audaces (1939) y La venganza de Frank James (1940). La ira. Evidentemente encarnar a un forajido nunca ha sido un ejemplo de buena conducta, sobre todo para un actor que casi siempre se encontraba al otro lado, en el de Cazador de forajidos. Aunque en estos dos filmes se convertía en una especie de antihéroe la venganza se convertía en el hilo conductor de ambas cintas dedicadas a la leyenda de los hermanos James.

Hasta que llegó su hora (1968). La envidia. El personaje de Frank no es precisamente envidioso, o bien mirado, lo envidia y quiere todo y de ahí su maldad. Un antes y un después en la imagen de Henry Fonda para el público americano. Su encarnación de asesino de familias enteras, incluidos niños, provocó estupor entre el respetable. Fonda ya nunca más fue el ídem para mucha gente. Repitió personaje de pistolero con idéntico vicio y suerte final en otro spaghetti western como Mi nombre es Ninguno.

El club social de Cheyenne (1970). La lujuria. No es normal que un tipo tan recto se dedique a regentar un lupanar y que, además, pruebe la mercancía. En esta ocasión, aprovechó que era el compañero inseparable del protagonista para dar rienda suelta a su líbido. Al menos James Stewart, al que acompañaba en esta aventura, se mantuvo más digno que el viejo Fonda.

El día de los tramposos (1970). La avaricia. Aunque su personaje es un alcaide de lo más honesto, el final de esta obra maestra ninguneada de Joseph L. Mankiewicz es otra vuelta de tuerca del maestro en la pérdida de fe del héroe incorruptible por el dinero.

En el estanque dorado (1981). La soberbia. El orgullo del viejo Fonda no acepta su decadencia vital. Por si esto no fuera suficiente, su última interpretación da una idea de la relación más que difícil entre Henry y su revolucionaria hija, Jane, en la vida real.

En el 108 aniversario de su nacimiento hemos descubierto, siempre con humor, el lado oscuro de Henry Fonda. Sin embargo, este alto, aunque algo desgarbado, actor de ojos azul cristalino siempre será el héroe que todo americano quiso ser, o al menos quien creyó que debía ser.

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