La gran boda. La gran tontería

A veces te preguntas cuál fue el momento en que una carrera brillante se va al garete. Piensas que el hecho de mantenerse en el candelero o cierto estatus de vida acomodada te obliga a aceptar trabajos que nunca hubieras imaginado cuando eras adalid de la modernidad o referente del público más exigente.

Robert De Niro fue, es y será uno de los más grandes intérpretes de todos los tiempos. Firmó algunas de las composiciones más memorables de la historia. Los años 70 le vieron crecer no sólo como actor sino como símbolo de una generación. Sin él no puede entenderse el Taxi Driver de Scorsese, el joven Vito Corleone de El Padrino de Coppola o El cazador de Cimino. Más tarde, en los 80, siguió agrandando su leyenda. Scorsese, Joffé, Leone, le continuaron ofreciendo papeles legendarios, incluso se procuró un hueco en el drama más romántico al Enamorarse con Meryl Streep o en la comedia en Huida a medianoche. Sin embargo, en 1990, introdujo un nuevo registro en su inmaculada trayectoria. Despertares significó -aunque ya había anticipado algo en, por ejemplo, Los intocables de Elliot Ness– el abandono definitivo de la pausa y serena transmisión de sentimientos a través de una sencilla mirada o un mínimo gesto hacia el histrionismo y la sobreactuación. El cabo del miedo continuó una senda que, salvo honrosas excepciones como Heat, Casino o Ronin, hace ya casi 20 años que permanece y que ha evolucionado en autoparodia en una sucesión de comedias cual bucle infinitesimal.

Robert De Niro en La gran boda

La gran boda es un paso más para ahogar los recuerdos que tenemos del gran Robert De Niro. Todos sus grandes papeles se están borrando conforme va estrenando películas de medio pelo, tonterías insustanciales o memeces de campeonato. La gran boda podría ser calificada en cualquiera de las 3 categorías.

El argumento tan enrevesado como simplón, no merece más allá de 2 líneas. Deshilachado, desgraciado y cayendo en todos los tópicos manidos de la comedia romántica: El hijo adoptivo de una pareja divorciada va a casarse. La causa del divorcio de sus padres adoptivos fue la mejor amiga de su madre que ahora vive en la casa familiar. El hermano adoptivo es virgen a los 30, mientras que su otra hermana adoptiva parece ser que acaba de separarse de su marido. Sin embargo, eso no es lo peor, su madre biológica, católica hasta la médula del Vaticano, viaja desde Colombia para asistir al enlace. Y muchas cosas más que sinceramente me producen tanta pereza contar -además he excedido las 2 líneas merecidas- como me produjo tener que aguantar tanta tontería, chistes y situaciones previsibles e interpretaciones irritantes.

Esta vez De Niro no es el padre de ella, ni siquiera de él, pero se arrastra de nuevo por la pantalla y se lleva consigo a Susan Sarandon y Diane Keaton, dos mujeres que, por aquella cruel ley no escrita de Hollywood, no deben tener mucho más donde elegir y si existe, se lo lleva Meryl Streep. El reparto “juvenil” confirma la insulsez de los jóvenes actores y la decadencia de Katherine Heigl como reina de la comedia romántica, si alguna vez fue reina de algo. De Robin Williams nada que añadir. Todo el mundo sabía que iba a acabar así.

Si todavía están pensando en ver una digna comedia romántica que tiene una boda como punto de partida revisen El padre de la novia, de Vincente Minelli, y olviden esta gran tontería.

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