Stoker

El director coreano Park Chan-wook conocido mundialmente por su éxito Oldboy, proximamente “remakeado” por Spike Lee, hace su primera incursión en el cine hollywoodiense con Stoker, arropado por el guión de uno de los protagonistas de Prison Break, Wenworth Miller, y la producción de los hermanos Scott, Ridley y el difunto Tony.

Stoker nos presenta la historia de India, Mia Wasikowska (la Alicia de Tim Burton), una chica “especial” que acaba de perder a su padre, quedando a cargo de su madre. Poco tiempo permanecerán solas ambas mujeres porque tras el funeral recibirán la inesperada visita del hermano de su padre, Charlie, que reaparece tras una larga ausencia viajando por Europa. Poco a poco, la presencia de su tío se tornará cada vez más inquietante afectando el carácter de las mujeres de la casa.

De izquierda a derecha, Mathew Goode, Nicole Kidman y Mia Wasikowska

De izquierda a derecha, Mathew Goode, Nicole Kidman y Mia Wasikowska

Stoker pretende, a través de una suerte de terror frío, contagiar el miedo paralizador al público que acude a verla. El citado terror frío se sirve de una estética aseada para envolver al espectador en una atmósfera de suspense sin necesidad de premeditados sobresaltos ni de violencia extrema, o en todo caso embellecida. Dicho terror tiene el peligro de helarnos la sangre en exceso, no por miedo como pretende, sino de tedio y aburrimiento. Eso es lo que sucede con Stoker. El objetivo que busca tanto el guion de Miller como la dirección de Park no consigue crear esa sensación de desasosiego en el espectador sino más bien de desapego, como quien oye llover.

El primer y principal problema y causa de todo ello es el citado guion. Un punto de partida demasiado manido y una historia tan previsible provocan en la audiencia sensación de aburrimiento y, a la vez, de nerviosismo porque todo aquello se acabe, por una trama que se arrastra y por algunos ridículos intentos de provocar morbo sexual consiguiendo sólo momentos de vergüenza ajena.

Por supuesto, la creación de personajes, la niña rara con habilidades especiales, la madre solitaria y algo desquiciada y el inquietante extraño que entra en sus vidas para llenar sus carencias responden a los arquetipos vistos en multitud de obras, muchas de ellas muy superiores a éstas, y los intérpretes que los encarnan, en concreto Matthew Goode como Nicole Kidman, pecan por defecto y por exceso (de bótox en ambos casos).

En cualquier caso, la dirección no les va a la zaga. Aunque se vea arrastrada por el guión y la posible equivocación del casting tampoco hace méritos por mejorarlo. La tendencia al excesivo esteticismo sin causa provoca el bostezo y alcanza el comentado tedio. El ejercicio de estilo y las imágenes preciosistas alejan al respetable de lo que realmente debería ser el objetivo del director: El miedo. O, cuanto menos, la creación de una tensión narrativa que nos mantenga pegados a la pantalla y sin embargo consigue lo ya comentado con el guión: un visionado rutinario.

Cuando finalmente se descubre el, ¡oh, qué sorpresa! típico giro teatral que tiene que contener todo thriller desde el estreno de Seven, allá por mediados de los 90, los espectadores hace una hora que lo esperaban exasperados, no sólo por lo previsible de éste, sino por acabar con esta tortura en este caso coreana.

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